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Miedo en tu plato

El miedo está en tu plato y te lo comes

 Hola, soy el Miedo, el dios del infierno del siglo XXI. He llegado a ganarme el puesto, a hacerme tan famoso, tan importante, me he infiltrado en tus entrañas, ya no puedes mirar tu plato sin sentirme.

Escúchame:

En la radio, comentan : El arroz, fuente de arsénico. En la televisión, alerta sobre el pescado,  carne roja, mala mala, colesterol: cuidado, infarto a la vista. Gluten, toda la verdad y más.

Tu, humilde consumidor, que nada más te importa que bien comer, ya no sabes que hacer. Ya estabas sin gluten, sin lácteos, sin soja, sin carne. Y ahora, sin ánimo.

Tan pronto te acostumbras a un nuevo hábito, que te habían vendido como lo mejor, lo echan por tierra, lo satanizan y tiemblas por tu vida. ¿Qué pasa, todo esto es verdad? ¿O nos están manipulando, contando milongas?

Mira a tu alrededor, en tu actualidad, verás que lo soy todo: seguros de  vida y de muerte, cascos para pedalear, cinturones que te atan a tu ataúd, alertas constantes sobre los venenos de tu plato; ya los niños no juegan en la calle, los bebés maman soluciones elaboradas en atmósfera protegida, en biberones estériles. Todo esto hace parte ya de tu normalidad. No se cuestiona. Y cuando descubren arsénico en el arroz, el mercado cae en picado y tú buscas otra fuente de hidratos de carbono más sana.

Poco a poco, de forma insidiosa he entrado en tu vida. No siempre he estado, y no siempre me sacaban la alfombra roja como hoy. Acompáñame, vamos a echar un viajecito por los tiempos, quizás te ayude a librarte de mi (por lo menos en tu plato).

En un tiempo muy remoto, tus tatarabuelos andaban por el planeta, con un palo y un par de conchas para hacer bonito, por único bagaje. Se sustentaban de lo que encontraban por el camino; la naturaleza les daba todo, pero no en todos momentos. Solo cuando les hacía falta. ¿Fresas en invierno? ¿Espárragos de Perú? No.

Hoy los vamos a seguir, a escondidas. Mira, observa como viven, como comen, como se mueven. El día es de otoño; son una panda de diez o quince humanos, sapiens, como tú. De repente, un arból repleto de manzanas. ¡Arriba!, el desayuno está listo. Trepan como chimpancés, se ha quedado el gesto en su memoria. Se espabilan, no son los únicos a quienes les gustan las manzanas. Struggle for life, lucha por la vida. No hay tiempo de recolectar, y tampoco tienen bolsa para almacenar. Pero no tienen miedo. Mañana habrá otra cosa, igual de rica. Han decidido desplazarse a varios kilómetros, en busca de comida y cobijo. Es su forma de vivir, y como van ligeros por la vida, no les cuesta mudar. Ayer el mayor consiguió matar un par de liebres, ha sido festín. Hoy no saben si van a encontrar otro tesoro igual. Pero siguen sin miedo. Una de las mujeres ha escarbado y encontrado unas cebollas salvajes. Y uno de los niños ha cogido unas setas. Será para cuando descansen.

Cuerpos fuertes, musculatura dura, huesos y articulaciones a toda prueba. Su alimentación es pobre en cantidad pero rica en diversidad. Muy rica en minerales, por eso tienen esos cuerpos. Son altos, no lo sabías? Hay uno mayor, bastante mayor: llega a los sesenta. Para nosotros, sesenta es muy joven. Pero ellos desafíaban constantemente su entorno. Eran presas y depredadores. Nosotros solo somos depredadores. Ellos no enfermaban por el biberón mal esterilizado, ni por el gluten.

La historia nos cuenta poco de ellos, pero sus restos nos hablan mucho. Alimentos primarios, de temporada, nada de Perú o Ecuador por aquí. Las manzanas cuando las hay, setas y frutos secos, que es lo que toca hoy.

Y si miedo tenían, no era por el arsénico en el arroz.

Saltemos unos milenarios. La pandilla se ha vuelto más numerosa. Además ahora tienen casa y delante de la casa, hay un terreno donde cultivan. Han aprendido. Pero toda historia tiene su revés. Ahora ya no viven de lo que la naturaleza les proporciona, eligen y almacenan. Poco a poco se han distanciado de su instinto y de la fe que tenían en su entorno. Y se nota.

Sus cuerpos nos enseñan las primeras señales de inflamación, de degeneración. No comen tan variado, no les da tiempo a rebuscar y observar. Cultivan cereales y legumbres. Eso nutre. Con esto, creen que lo tienen todo porque no pasan hambre.

A estos nuevos modos de vida se irán añadiendo muchas más cosas que les va a atar. Empezarán a tener miedo por su tierra, sus cultivos, sufrirán estrés continuo, no como sus antepasados que pasaban sustos, no. Este estrés que tu conoces también por lo que podría pasar…

Volvamos a tú y yo, al aquí y ahora, como se dice. Hace ya un par de siglos y un poco más que observamos con lupa todo lo que nos rodea. Somos inteligentes, los sapiens. Somos muy creativos, nos hemos vuelto dueños del mundo, o así lo queremos creer.

Hemos salido por completo de nuestra programación inicial. Desde la mente. Solamente desde la mente. Porque, aunque te cuesta creerlo, solo hemos cambiado un 0,01 % del ADN que recibimos generación tras generación de nuestros tatarabuelos silvestres. Esto significa que seguimos utilizando el mismo código para “leer” nuestros alimentos, que todavía no hemos podido adaptar nuestros genes para todas estas magnificas invenciones que hemos hecho y descubierto. El aspartamo nos parece como azúcar pero para nuestro hígado no lo es; es una sustancia escrita en chino, no sabe qué hacer con ella.

Nuestro miedo viene de allí: de la lupa y de los progresos enormes que hemos hecho con la alimentación. Inventamos y luego aplicamos lupa.Y nos espanta lo que vemos porque no entendemos. Nuestra evolución está dividida : la cabeza en primer plano. El resto que tiene el freno de mano puesto.

¿Tienes miedo a todo lo que te anuncian en televisión y radio? Entonces, cierra los ojos, vuelve al bosque de tus tatarabuelos. Pregúntate si ellos comían lo que te sirven de menú hoy. Si la respuesta es no, no tengas miedo. Atrévete a cambiar tu alimentación.

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